Con dolor entierran a las víctimas del terremoto de Costa Rica
Un grupo de “voluntarios” custodia la puerta del Cementerio de la aldea de Fraijanes, situado a orillas de un camino montañoso, para impedir el ingreso de reporteros o curiosos al funeral de un adolescente, cuyo cuerpo fue recuperado bajo los escombros del terremoto que sacudió a Costa Rica.
Es el mediodía del miércoles, seis días después del terremoto de 6,2 grados Ricther que sacudió la turística zona del volcán Poás, y medio centenar de personas acompaña a los padres de Marcos Jiménez Rojas, de 14 años, para sepultar los restos de su hijo en este cementerio cubierto de césped y más pequeño que un campo de fútbol.
El cuerpo del menor, que engrosa la lista de víctimas del terremoto, fue recuperado apenas 24 horas antes del funeral entre los escombros de la cercana aldea de Vara Blanca, en la zona del epicentro del fuerte temblor, a unos 40 km de San José.
“La familia no quiere que los molesten”, dice a la AFP María Sánchez, un ama de casa de la zona, quien lleva una tarjeta manuscrita colgada en el pecho con la leyenda “voluntario”, mientras custodia junto a varios hombres la puerta del cementerio
El sol del mediodía no impide que la fuerte brisa cause frío a los asistentes que repletan la capilla de este cementerio situado en la ladera de una colina, que está rodeado de árboles y tiene una cerca metálica menos de metro y medio de altura.
El paisaje es el que cualquier familia escogería para ir de picnic, pero los padres, parientes y amigos de Marcos Jiménez no están de paseo ni tienen ánimos de ver cámaras de televisión, por lo que pidieron a los “voluntarios” que impidiera el acceso de todos los reporteros al cementerio.
El responso fúnebre, que duró más de una hora, incluye canciones católicas acompañadas con guitarras, y de tanto en tanto los acordes y las palabras del sacerdote son ahogadas por el ruido de los motores de los vehículos de emergencia que pasan hacia otras aldeas devastadas por el sismo.
El terremoto, el peor que recuerdan en su vida todos los lugareños, dejó una estela de destrucción y muertos en la zona del Poás, uno de los principales atractivos turísticos de Costa Rica.
Los derrumbes en estas rutas montañosas dejaron aisladas a centenares de lugareños y turistas, y también demoraron los esfuerzos de recuperación de cuerpos, en los que participaron helicópteros de Colombia y Estados Unidos.
“La espera fue horrible”, cuenta Aaron Azofeifa, otro de los “voluntarios” que vigila el acceso al pequeño cementerio, donde el martes fue sepultada otra víctima del terremoto.
Los padres de Marcos estuvieron cinco días orando para que el menor fuera encontrado con vida bajo los escombros de Vara Blanca, pero sus ruegos fueron en vano.
El responso termina. El ataúd de color café es tomado por familiares y amigos, y todos los asistentes caminan unos 40 metros hasta el lugar donde la tierra está cavada. Allí lo despiden con una breve oración.
Poco después, mientras su madre se retira llorando abrazada por otras dos personas, el féretro de Marcos Jiménez es enterrado en la misma tierra que lo vio nacer, donde reposará para siempre.













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