Navidad, lejos de casa
La Navidad los ha sorprendido lejos de sus países, en otro contexto, con frío y nieve real. Antes de emigrar, diciembre lo vivían en camisa de mangas cortas, bajo un sol brillante, con nieve en aerosol y, en familia.
Miles de inmigrantes en Madrid no podrán viajar a sus tierras durante estas fechas, los altos costos de los vuelos y la falta de papeles, se los impide.
Un grupo, no obstante, ha decidido invocar el espíritu de las celebraciones transoceánicas con una Navidad multicultural, con comidas típicas y mariachi incluido.
“Allí la Navidad es diferente, es la alegría, el aire fresco en el malecón, las puertas abiertas, las fiestas en cada casa”, comenta la dominicana Felicita Batista frente a varios platos coloridos y contundentes que ha preparado desde la madrugada para invocar a su Santo Domingo: majarete, moro de gandules, mangú, plátano a la caldera. “¿Y cómo dice que se llama?”, le pregunta una anciana madrileña que alucina con el tono naranja de los plátanos.
Intercambio cultural
La Navidad tiene como escenario el CEPI Hispano Americano de San Sebastián de los Reyes, uno de los centros de participación e integración de la Consejería de Inmigración de Madrid que gestiona la Fundación Altius.
El centro organiza talleres y actividades para fomentar el intercambio cultural entre inmigrantes y autóctonos, más de dos mil personas forman parte de sus programas.
“Estos espacios sirven para acercarnos, para perder el miedo, para conocernos. Cuando hablas de integración tienes que dignificar a la gente, no puedes olvidarte de su bagaje, de sus vivencias. Viví 15 años en América Latina y sé que allí la Navidad es otra cosa, la luz, el calor. Pero no somos tan diferentes: necesitamos querer y que nos quieran”, señala Fernando Viñado, coordinador del CEPI.
A su lado las mesas donde los invitados van dejando sus platos: guacamole, sopa paraguaya, cous cous, tortilla española…
¿Me deja la receta?
“Mmmmm, que bueno que está, ¿me deja la receta?”, le comenta la misma anciana madrileña a Felicita que sonríe. Es su segunda Navidad fuera de casa, se casó con un español y se vino a vivir a España. Sus tres hijos siguen en Santo Domingo.
“Hablo todos los días con ellos, dos y tres veces, muchas veces lloramos”, comenta mientras observa los platos. “Miré los tiquetes pero están muy caros, más de US$2.000. No se puede. Me gustan las luces de Madrid, los turrones, el jamón serrano pero a veces me da miedo preguntar algo, no sé, quizás los veo muy serios a todos. ¿La nieve? La he visto de lejos, en La Sierra. Todavía no la he sentido, me da frío de sólo imaginarla”, señala.
El peruano Richard Curasi no ha tenido ese problema. “¿Navidad fría? Mi pueblo, Puno es más frío que esto. Allí, si se deja mucho tiempo abierto el chorro de la ducha se congela y hay que cortarlo como si fuera hielo. El frío no me afecta, otras cosas sí, extraño a mi familia”, comenta sonriente mientras pica un poco de todos los platos.
Ahora mismo está en el paro (cobrando el seguro de desempleo), se ha apuntado a un curso de informática y a otro de geriatría para explorar otras opciones. “Está complicado lo de encontrar trabajo, tal como están las cosas ni te planteas viajar. Ninguno de mis amigos o conocidos viajará este año a Perú. Vienes a juntar un dinero y si viajas simplemente te lo gastas. Si tuviera dinero me iría ya al frío de mi pueblo”, agrega Richard.
Con sus amigos, también desempleados de la construcción, recorren las grandes avenidas de Madrid, mirando el alumbrado navideño. El 24 y el 25 madrugarán para llamar a sus familias antes de que los teléfonos se colapsen.
“Ustedes son mi familia”
La comida desaparece rápidamente. Inmigrantes y autóctonos la liquidan en un abrir y cerrar de ojos. El paraguayo Romualdo Villalba sonríe, no ha quedado ni una pizca de su sopa paraguaya. “Es un plato de origen indígena, guaraní, de la frontera entre Argentina y Paraguay. No es una sopa para tomar con cuchara, es una tarta”, explica emocionado.
Romualdo ha sido periodista durante más de 25 años en su país. La inmigración le ha llevado por otros trabajos: cocina, limpieza… “También me he montado una revista. Lo importante es trabajar”, señala.
“Esto”, sugiere mientras observa las comidas, la alegría de la gente, los colores, “es muy latino, muy de allá”. Una joven española que lo escucha lo interrumpe: “y también de acá. Sólo hay que ver a los vecinos del barrio que han venido a probar comidas que ni siquiera conocían”.
Los organizadores han comenzado a entregar los regalos: diplomas con las virtudes de los participantes. Felicita recibe uno: A la más bondadosa. “Gracias”, exclama mientras sus ojos titilan y se acerca tímidamente a recogerlo. “Yo no sé que haría sin ustedes. Ustedes son mi familia”, agrega mientras mira a los comensales, españoles e inmigrantes como ella.
La anciana que le pidió la receta de los plátanos también le mira sonriente como si hubiese descubierto otro sabor de la Navidad.













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